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martes, 21 de febrero de 2012

Crabs

Tal y como reza su editorial, el periódico Libération llegó esta mañana a los kioskos convertido en un subversivo "espacio de intervención artístico y político" de la mano de Ai Weiwei.
El resultado ha sido un fantástico número especial impregnado por la habitual simbología del artista. Una simbología punzante y perceptible desde la propia portada, en la que el disidente chino posa con algunos de los billetes donados por los más de 30.000 internautas -de quienes llegó a recibir cerca de 9 millones de yuanes en una semana-, para lograr pagar una multa por un supuesto fraude fiscal del que nunca se aportaron pruebas.
A través de una entrevista sin desperdicio, este iconoclasta a medio camino entre Marcel Duchamp y Andy Warhol corrobora una vez más la coherencia entre su actitud vital y artística frente al poder ejercido por el Gobierno chino. En este sentido, justifica sus polémicos desnudos -a menudo tachados de pornográficos- como un provocador acto de transparencia, exhortando a las autoridades chinas a presentarse ante la sociedad en igualdad de condiciones.
A la espera de un glasnost como el de Gorbachov, Ai Weiwei denuncia la actual corrupción, a su juicio promovida por las antiguas reformas de Deng Xiaoping, que, desde hace treinta años, han permitido a una parte de la población contradecir los principios comunistas y enriquecerse sin ningún complejo.
Una vez llegados a la mitad del periódico, un póster a doble página repleto de cangrejos de río supone la agridulce metáfora con que el artista obsequia a los lectores. Según él mismo explica, "cangrejo" es la palabra que vulgarmente se utiliza para hablar de censura aprovechando que su pronunciación coincide con la palabra "armonía". Dado que desde 2004 el Gobierno chino evoca la necesidad de tener "una sociedad armoniosa", los internautas la han adoptado como un eufemismo en tono de burla.
Pero además, Ai Weiwei también está de actualidad gracias a la exposición "Entrelacs" que el Jeu de Paume inaugura hoy en París hasta finales de abril. En ella, una selección de videos y fotografías -muchas de ellas ya difundidas a través de su blog o su popular cuenta en Twitter-, explora la transformación de China con la que el artista se encontró a su vuelta a casa tras una inolvidable experiencia neoyorquina de diez años. Esta exposición coincide también con el reciente premio especial del jurado del festival de Sundance por el documental "Ai Weiwei: Never Sorry" que la directora independiente Alison Klayman presentó sobre el artista chino.



miércoles, 3 de junio de 2009

Ilusión óptica

La habitual autocensura de las autoridades chinas comienza a dar señales de vida ante el inminente vigésimo aniversario de la matanza de Tiananmen, en la que cientos de estudiantes perdieron la vida a manos del Ejército Popular de Liberación.
La muerte en abril de 1989 del reformista y ex secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh) Hu Yaobang, sumada a la visita de Mijaíl Gorbachov -en plena reivindicación de la transparencia predicada a través del glasnost- un mes después, caló en una sociedad que, creyendo poder cambiar las cosas, acabó aplastada bajo los tanques enviados por el primer ministro Li Peng.
En un desesperado intento por evitar la tragedia, el secretario general del partido, Zhao Ziyang, decidió salir a la plaza altavoz en mano, rogando entre lágrimas a todos los asistentes que regresaran a sus casas. Consciente de estar firmando su testamento político, el hasta entonces número dos del partido no tardó en enfrentarse a una condena de 16 años de arresto domiciliario, interrumpido por su fallecimiento en enero de 2005. No obstante, la reciente publicación póstuma de sus memorias -tituladas Prisionero del Estado: El diario secreto del primer ministro Zhao Ziyang- basadas en más de 30 horas de grabaciones, confirma que Zhao guardaba un poderoso as debajo de la manga.
Concluían así varias semanas de espontáneas manifestaciones pacíficas, que durante los días previos a la masacre pedían una mayor lucha contra la corrupción y un cierto aperturismo que mejorara las deficiencias del sistema a pocos meses de la simbólica caída de el muro de Berlín.
Mientras tanto, lo único cierto es que la actual anestesia de la propia memoria histórica -basada en la premisa de que si no se ve, no existe- sólo desaparecerá cuando un cuatro de junio, el veto a la cuenta de correo electrónico y los futuros Twitter, se deban exclusivamente a fallos del sistema. Y además sea verdad.