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lunes, 16 de enero de 2012

Fraga

La reciente muerte de Manuel Fraga constituye también la muerte de un controvertido personaje que ha sabido amoldarse al poder en circunstancias tan diversas de nuestra historia reciente como la dictadura, la Transición, o la actual democracia.
Dado que sesenta años de trayectoria política es tiempo más que suficiente para no dejar indiferente a nadie -y Fraga nunca lo pretendió-, la pérdida del Gran Timonel, se divide irremediablemente entre quienes lloran la desaparición del hombre que logró aglutinar entorno a unas siglas al grueso de la derecha española -además de ser uno de los padres de la Constitución-, y aquellos que aún recuerdan el activo papel que desempeñó sin cargo de conciencia alguno durante los últimos años de la dictadura.
Apenas dos años después de la muerte de Franco, Fraga concurrió a las elecciones de 1977 con un nuevo partido a quien se le atribuye su fundación: Alianza Popular (AP). Eran los tiempos de los cierres de mitin donde el ¡Que viva España! de Manolo Escobar se alternaba con el beso de rigor a la rojigualda aguilada, esperando que el llamado franquismo sociológico hiciera el resto. Sin embargo, hubo que esperar a la descomposición de la UCD -que junto al PSOE suponía el bipartidismo de la época-, para que tanto Fraga como su partido pudiera beneficiarse de un parcial trasvase de votos, lo que no impidió su decisión de dimitir como presidente de su partido ante los malos resultados de las elecciones de 1986, siendo relevado por Antonio Hernández Mancha.
Tras un paréntesis en el que ejerció como diputado en el Parlamento Europeo, Fraga presidió a su vuelta el refundado Partido Popular, del que también dimitiría en favor de un desconocido Jose María Aznar -pese a su preferencia por convertir a Isabel Tocino en la Margaret Thatcher patria-. Tan solo un año después y hasta 2005, Fraga se retiró a Galicia, de la que hizo su particular feudo, gobernando la Xunta durante cuatro legislaturas consecutivas ensombrecidas, entre otras cosas, por la penosa gestión de la crisis del Prestige.





martes, 22 de noviembre de 2011

Reflexión (II)

Concluida la campaña electoral, el pasado sábado el periódico Le Monde publicó "con la ayuda de nuestros amigos de EL PAÍS" una edición especial dedicada a España que llegó a los kioskos en plena jornada de reflexión. Una apuesta editorial que, según el rotativo francés, se explicaba en el hecho de que, lo que sucediera en nuestro país sería "tan importante para Francia como lo que pudiera ocurrir en París o Burdeos", ya que "la crisis que atraviesa Europa hace aún más necesaria la desaparición de estas fronteras". Una prueba más de la expectación mediática que lleva generando España en estos últimos años marcados por una crisis ávida por ver cómo cae una nueva víctima por medio de las urnas.
Tras la reciente marcha de Berlusconi, la previsible baja de Rubalcaba -forzado a convocar "cuanto antes" un congreso en el que se analice el futuro del PSOE y la pérdida de más de cuatro millones de votos- deja vía libre a un Mariano Rajoy que ejemplifica más que nunca aquello de "un gran poder conlleva una gran responsabilidad". De ahí que la satisfacción de su victoria transmitiera más contención que euforia, consciente de que el verdadero triunfo no será completo hasta demostrar que la inmensa confianza depositada en él y su partido ha merecido la pena. En este sentido, el moderado tono de su discurso -pese a gozar de una amplia mayoría absoluta superando con 186 escaños la obtenida por Aznar en el año 2000-, parecía invitar a la unidad con el resto de fuerzas políticas con el fin de no asumir en solitario las consecuencias de las impopulares medidas que veremos de aquí a los próximos meses.
No obstante, además de la gestión económica, el nuevo Gobierno -que previsiblemente quedaría formado antes de Nochebuena-, deberá tener en cuenta la fragmentación de la izquierda, que ha propiciado el esperado despegue de IU contribuyendo a la debacle socialista, o el auge nacionalista en Cataluña (CIU) y, muy especialmente, el País Vasco (Amaiur). Con el apoyo confeso de la Conferencia Episcopal -que hasta ahora también había formado parte de la oposición-, y la posibilidad de poder recompensar la fidelidad de los marianistas de su partido, llegó el momento de saber si esta vez Rajoy será capaz de sobrevivir a la tarea de Gobierno sin que la culpa sea ya de Zapatero.