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lunes, 6 de agosto de 2012

Formas

Hasta ahora, Mariano Rajoy había demostrado una notable capacidad para el escapismo a la hora de enfrentarse a los periodistas. Una disciplina que, a la vista de lo ocurrido hace unos meses en el Senado, parece dominar en sus más diversas variantes. Semana tras semana, observamos cómo permite que su núcleo duro suplante su identidad presidencial siempre que ésta le exija dar la cara ante los ciudadanos, abocados más que nunca a buscar en los medios las respuestas que el Gobierno les niega. 
Ante esta situación, el siguiente paso no se hizo esperar, y el correctivo ideologizado aplicado vía Julio Somoano ya está dando los frutos esperados. Por el momento Juan Ramón Lucas, Toni Garrido y Pepa Fernández cesados de RNE, y Xabier Fortes (La Noche en 24 Horas) y -por encima de todos-, Ana Pastor (Los Desayunos de TVE) en TVE. La periodista -famosa por hacer que los políticos se removieran en sus asientos en cada una de sus entrevistas, declaraba en la entrega de los Premios Iris convertida en un emotivo homenaje a la labor de Fran Llorente: "Mi obsesión es poder mirar toda la vida a mi hijo a la cara, porque no quiero que se avergüence y alguien le diga que su madre agachó la cabeza ante el poder". 
A cambio, este nuevo Gobierno nos ofrece una libertad de información intervenida en la que se recompensa la vuelta del entorno de Alfredo Urdaci y el lamentable savoir-faire de Telemadrid, esa prolongación de Esperanza Aguirre que ejemplifica a la perfección aquel "Ya sé que le gustaría hacerse usted las preguntas y respondérselas usted" que Pastor le dejó caer para hacer frente a sus constantes evasivas. Llegados a este punto, ahora soy yo quien se pregunta qué pensará Andrea Fabra de todo esto, aunque, conociéndola, ya me imagino su respuesta. Qué pena.




sábado, 14 de julio de 2012

Lágrimas (I)

El 10 de mayo de 2010, Jose Luis Rodríguez Zapatero ultimaba la intervención más controvertida de su presidencia. Dos días después, el mayor recorte social de nuestra democracia se escenificaba públicamente en el Congreso. 
Pese a la razonable indignación de funcionarios y jubilados, Zapatero prosiguió con su discurso hasta la celebración del Debate sobre el Estado de la Nación, asegurando que seguiría por ese camino "cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste". Una convicción a modo de testamento político con la que asumía el destino que meses después confirmarían las urnas.
Sabiéndose ganadores de unas elecciones finalmente anticipadas, los dirigentes del Partido Popular -en coalición con Intereconomía y otros medios afines-, observaban el espectáculo desde la barrera a la espera de que sus votantes legitimaran su dudosa condición de salvadores de la patria frente a un Alfredo Pérez Rubalcaba que, según ellos, heredaba todos los males de su antecesor.
Y así fue. Tras una campaña en la que se llegó a prometer hasta la vuelta de la felicidad, Mariano Rajoy logró que su programa oculto le condujera a La Moncloa avalado por una mayoría absoluta sin precedentes. Lo que ocurre, es que gobernar es otra cosa, y cuando la alternancia de poder no sólo no mejora la situación, sino que incluso la empeora, dicha mayoría supone más una carga que un respaldo, por mucho que uno se encomiende a la mismísima Virgen del Rocío. 
Y es que durante estos meses de intervenciones pre-Eurocopa, eufemismos prefabricados e imputaciones, hemos visto cómo las hemerotecas se convertían en las principales armas de destrucción masiva del Gobierno mientras las redes sociales ejercían en muchas ocasiones el verdadero papel de la oposición. 
Así, cuando este miércoles Rajoy vivió en primera persona su particular 10 de mayo jaleado por los suyos, la red ardía recordando las lágrimas de la ministra de Trabajo italiana Elsa Fornero frente a un impasible Mario Monti. Una reacción que en nuestro país encontró su polo opuesto en la figura de la diputada del PP Andrea Fabra y su poligonero "¡Que se jodan!". Pues eso.